Seguridad | Vigilancia digital

Activista Ghanem Al-Masarir denuncia represión y vigilancia digital

La sombra de la vigilancia: el caso de Ghanem Al-Masarir

En un contexto global donde la libertad de expresión se ve constantemente amenazada, el caso del humorista y activista de derechos humanos Ghanem Al-Masarir ha resurgido como un símbolo de resistencia frente a la opresión. La reciente decisión del Tribunal Superior de Londres de otorgar más de 3 millones de libras esterlinas en daños a Al-Masarir tras descubrir que su teléfono fue hackeado con un software espía de grado gubernamental, pone de relieve las preocupaciones sobre la vigilancia digital y el abuso de poder por parte de gobiernos autoritarios.

El hackeo como herramienta de control

Ghanem Al-Masarir, conocido por su canal de YouTube en el que critica abiertamente al régimen saudí, presentó una demanda contra el gobierno de Arabia Saudí en 2019. Según Al-Masarir, su teléfono fue atacado en 2018 mediante el uso de Pegasus, un software espía desarrollado por NSO Group, que solo se vende a gobiernos. Este tipo de vigilancia se ha convertido en una herramienta común para aquellos que buscan silenciar a voces disidentes, utilizando tecnologías avanzadas para infiltrarse en la vida privada de los individuos.

La utilización de tecnología de vigilancia avanzada como Pegasus no solo es un ataque a la privacidad, sino también un intento de desmantelar la libertad de expresión.

El Tribunal Superior de Londres determinó que existía "evidencia convincente" de que los dispositivos de Al-Masarir habían sido comprometidos. En su fallo, el juez Pushpinder Saini afirmó que el hackeo fue "dirigido o autorizado" por el gobierno saudí o sus agentes. Este veredicto no solo representa un triunfo para Al-Masarir, sino que también plantea serias preguntas sobre la impunidad con la que actúan algunos gobiernos en la era digital.

Un ataque físico que coincide con la vigilancia digital

La situación de Al-Masarir es aún más alarmante cuando se considera que, además del hackeo de su teléfono, también fue víctima de un asalto físico en Londres en 2018. Este ataque ocurrió en un momento en que su vida personal y profesional estaba siendo sometida a un intenso escrutinio por parte de las autoridades saudíes. Al-Masarir ha acusado a agentes vinculados al príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman, de estar detrás de este asalto, lo que pone de relieve la peligrosa intersección entre la vigilancia digital y la violencia física.

La combinación de ataques físicos y digitales es una estrategia común utilizada por regímenes autoritarios para silenciar la disidencia.

Investigadores han demostrado que los ataques físicos a menudo se llevan a cabo en conjunto con herramientas de vigilancia digital como Pegasus. Este patrón revela una táctica orquestada para eliminar voces críticas a través del miedo y la intimidación. La experiencia de Al-Masarir ilustra cómo los activistas pueden ser perseguidos no solo a través de la tecnología, sino también mediante tácticas brutales que buscan desmantelar sus plataformas y su capacidad de influir.

La respuesta de Arabia Saudí y el concepto de inmunidad estatal

La defensa del gobierno saudí ante la demanda de Al-Masarir se basó en la afirmación de que gozaban de inmunidad estatal frente a la persecución legal. Este argumento ya había sido utilizado con éxito en un caso anterior relacionado con el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudí en Turquía. Sin embargo, el Tribunal Superior desestimó esta defensa en el caso de Al-Masarir, lo que llevó a Arabia Saudí a decidir no participar en el litigio.

Este rechazo del tribunal a la inmunidad estatal plantea interrogantes sobre la protección que disfrutan los gobiernos en el ámbito legal internacional, especialmente cuando se trata de violaciones de derechos humanos. La decisión del tribunal no solo puede sentar un precedente importante para futuros casos, sino que también podría animar a otros activistas a desafiar a sus gobiernos en busca de justicia.

La inmunidad estatal no debe ser un escudo para quienes violan los derechos humanos y atentan contra la libertad de expresión.

La postura del tribunal podría abrir la puerta a un escrutinio más amplio de las acciones de gobiernos que recurren a tácticas de vigilancia y represión para silenciar a sus críticos. En un mundo cada vez más interconectado, donde la tecnología puede ser utilizada tanto para el bien como para el mal, la responsabilidad de los estados en el uso de estas herramientas es más crucial que nunca.

El impacto psicológico de la vigilancia

Ghanem Al-Masarir ha hablado abiertamente sobre el impacto psicológico que estos ataques han tenido en su vida. La combinación del hackeo de su teléfono y el asalto físico le ha causado una profunda depresión, lo que le ha llevado a poner fin a su carrera en YouTube. Este fenómeno no es aislado; muchos activistas y disidentes enfrentan problemas de salud mental como resultado de la persecución que sufren.

La salud mental de los activistas es un aspecto que a menudo se pasa por alto en el debate sobre la libertad de expresión y los derechos humanos.

El efecto de la vigilancia constante, el miedo a represalias y la amenaza de ataques físicos puede tener consecuencias devastadoras en la vida de aquellos que se atreven a hablar en contra de regímenes autoritarios. La historia de Al-Masarir es un recordatorio de que la lucha por la libertad de expresión no solo es un asunto político, sino que también tiene un costo humano significativo.

La respuesta de la comunidad internacional

La decisión del Tribunal Superior de Londres ha llamado la atención no solo en el Reino Unido, sino en todo el mundo. Organizaciones de derechos humanos y activistas han elogiado el fallo como un paso positivo hacia la rendición de cuentas para los gobiernos que utilizan la tecnología para reprimir a sus ciudadanos. Sin embargo, la cuestión sigue siendo si esta decisión tendrá un impacto real en la política saudí y si el gobierno se verá obligado a cambiar su comportamiento.

La comunidad internacional tiene un papel crucial en la lucha contra la opresión y la defensa de los derechos humanos. La presión diplomática y las sanciones pueden ser herramientas efectivas para obligar a los gobiernos a rendir cuentas por sus acciones. Sin embargo, la efectividad de estas medidas a menudo se ve socavada por intereses económicos y relaciones diplomáticas que pueden llevar a los países a ignorar violaciones flagrantes de derechos humanos.

El caso de Ghanem Al-Masarir pone de manifiesto la necesidad de una respuesta coordinada y firme por parte de la comunidad internacional ante el uso abusivo de la tecnología por parte de los gobiernos.

La vigilancia y la represión no solo afectan a los individuos, sino que también tienen un impacto más amplio en la sociedad y en los valores democráticos. La lucha por la libertad de expresión es, en última instancia, una lucha por la dignidad humana y el derecho a vivir sin miedo.

Un futuro incierto

A pesar de la victoria en los tribunales, el futuro de Ghanem Al-Masarir sigue siendo incierto. No está claro si Arabia Saudí cumplirá con la sentencia del tribunal y pagará la compensación otorgada. La posibilidad de que el gobierno saudí presente una apelación no se puede descartar, lo que podría prolongar aún más el proceso y aumentar la presión sobre Al-Masarir.

En este contexto, la resiliencia de Al-Masarir y otros activistas es más importante que nunca. La lucha por los derechos humanos y la libertad de expresión en Arabia Saudí y en otras partes del mundo depende de la valentía de aquellos que se atreven a alzar la voz. La historia de Al-Masarir es un testimonio de la capacidad de los individuos para desafiar a sistemas opresivos y luchar por un futuro mejor.


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